Tu esencia no se reduce a tus éxitos.
Los errores y los fracasos también forman parte de tu historia. Las expectativas de los demás pueden influir en cómo te ves. Tu cargo describe lo que haces, mientras que tu reputación refleja lo que otros piensan de ti.
Pero ¿qué ocurre cuando desaparecen los títulos, las etiquetas y la mirada ajena?
Detrás del personaje, hay una persona
Vivimos rodeados de máscaras, fachadas y etiquetas.
En el trabajo parece que hay cosas que no tienen cabida. Que a trabajar se viene llorado de casa. Que las cargas personales se dejan en la puerta de la oficina o en la entrada de Zoom. Que hay que ponerse buena cara, cumplir, rendir y seguir.
Y yo me pregunto: ¿dónde queda nuestra esencia en todo esto?
Porque detrás de cada cargo, de cada puesto y de cada profesional hay una persona. Con su historia, sus circunstancias, sus miedos, sus alegrías, sus errores y sus contradicciones.
Todavía no nos hemos convertido en inteligencias artificiales que puedan trabajar sin experimentar emociones humanas. Sentimos, dudamos, nos equivocamos y nos cuestionamos.
Quizá ahí esté una de nuestras diferencias más importantes: no solo hacemos cosas; también podemos preguntarnos quiénes somos mientras las hacemos.
Y, sin embargo, a veces parece que sentir y trabajar son incompatibles. Como si mostrar humanidad nos hiciera menos profesionales.
No somos únicamente lo que hacemos, lo que conseguimos o lo que otros piensan de nosotros.
El cargo, la reputación y la esencia
Hay una diferencia entre lo que hacemos, lo que los demás ven y lo que somos.
El cargo habla de lo que haces.
La reputación habla de cómo te ven.
El personaje es el papel que interpretas para desenvolverte en el mundo.
Pero ¿y tu esencia?
Tu esencia tiene que ver con tus valores, con tu manera de mirar, de sentir, de relacionarte y de entender la vida. Con aquello que te importa y con cómo eliges actuar, incluso cuando nadie te está mirando.
No cabe en un currículum ni se resume en una etiqueta.
Las opiniones de los demás pueden influir en cómo nos vemos. Las expectativas pueden llevarnos a intentar encajar. Y, sin darnos cuenta, podemos terminar confundiendo quiénes somos con quiénes creemos que tenemos que ser.
Pero una etiqueta no contiene toda una persona.
¿Qué queda cuando dejas de hacer?
Puedes cambiar de rumbo, dejar atrás un cargo, equivocarte o empezar de cero.
Y entonces quizá descubras partes de ti que habías dejado olvidadas mientras estabas ocupada haciendo, consiguiendo, resolviendo o intentando estar a la altura de lo que se esperaba de ti.
No siempre es fácil. A veces necesitamos detenernos para distinguir nuestros propios deseos de las expectativas que hemos ido incorporando a lo largo de la vida.
Y quizá una de las cosas más difíciles sea aprender a distinguir quién eres de quién has tenido que ser.
Porque puedes dejar de desempeñar un papel sin dejar de ser tú.
Una cosa es el personaje que otros ven. Y otra, muy distinta, es la persona que hay detrás.
Una pausa para ti
No hace falta tener todas las respuestas. A veces basta con hacerse las preguntas adecuadas y dejar que reposen.
- ¿Quién eres más allá de tu profesión, tus logros y tus responsabilidades?
- ¿Qué parte de ti muestras porque realmente te representa y cuál porque crees que los demás esperan verla?
- ¿Qué valores quieres que sigan contigo, independientemente del lugar que ocupes?
No se trata de dejar de hacer, de renunciar a tus ambiciones ni de dejar de cuidar tu imagen profesional.
Se trata de recordar que tu valor como persona no se agota en lo que haces ni depende exclusivamente de cómo te ven los demás.
Y tú, ¿en quién te conviertes cuando dejas de hacer?
Pausa y Palabras.
Pon un coach en tu vida. Eso sí, ¡cualificado!

