Autor: Juncal Vigil

  • La esencia más allá de las etiqueta

    La esencia más allá de las etiqueta

    Tu esencia no se reduce a tus éxitos.

    Los errores y los fracasos también forman parte de tu historia. Las expectativas de los demás pueden influir en cómo te ves. Tu cargo describe lo que haces, mientras que tu reputación refleja lo que otros piensan de ti.

    Pero ¿qué ocurre cuando desaparecen los títulos, las etiquetas y la mirada ajena?

    Detrás del personaje, hay una persona

    Vivimos rodeados de máscaras, fachadas y etiquetas.

    En el trabajo parece que hay cosas que no tienen cabida. Que a trabajar se viene llorado de casa. Que las cargas personales se dejan en la puerta de la oficina o en la entrada de Zoom. Que hay que ponerse buena cara, cumplir, rendir y seguir.

    Y yo me pregunto: ¿dónde queda nuestra esencia en todo esto?

    Porque detrás de cada cargo, de cada puesto y de cada profesional hay una persona. Con su historia, sus circunstancias, sus miedos, sus alegrías, sus errores y sus contradicciones.

    Todavía no nos hemos convertido en inteligencias artificiales que puedan trabajar sin experimentar emociones humanas. Sentimos, dudamos, nos equivocamos y nos cuestionamos.

    Quizá ahí esté una de nuestras diferencias más importantes: no solo hacemos cosas; también podemos preguntarnos quiénes somos mientras las hacemos.

    Y, sin embargo, a veces parece que sentir y trabajar son incompatibles. Como si mostrar humanidad nos hiciera menos profesionales.

    No somos únicamente lo que hacemos, lo que conseguimos o lo que otros piensan de nosotros.

    El cargo, la reputación y la esencia

    Hay una diferencia entre lo que hacemos, lo que los demás ven y lo que somos.

    El cargo habla de lo que haces.

    La reputación habla de cómo te ven.

    El personaje es el papel que interpretas para desenvolverte en el mundo.

    Pero ¿y tu esencia?

    Tu esencia tiene que ver con tus valores, con tu manera de mirar, de sentir, de relacionarte y de entender la vida. Con aquello que te importa y con cómo eliges actuar, incluso cuando nadie te está mirando.

    No cabe en un currículum ni se resume en una etiqueta.

    Las opiniones de los demás pueden influir en cómo nos vemos. Las expectativas pueden llevarnos a intentar encajar. Y, sin darnos cuenta, podemos terminar confundiendo quiénes somos con quiénes creemos que tenemos que ser.

    Pero una etiqueta no contiene toda una persona.

    ¿Qué queda cuando dejas de hacer?

    Puedes cambiar de rumbo, dejar atrás un cargo, equivocarte o empezar de cero.

    Y entonces quizá descubras partes de ti que habías dejado olvidadas mientras estabas ocupada haciendo, consiguiendo, resolviendo o intentando estar a la altura de lo que se esperaba de ti.

    No siempre es fácil. A veces necesitamos detenernos para distinguir nuestros propios deseos de las expectativas que hemos ido incorporando a lo largo de la vida.

    Y quizá una de las cosas más difíciles sea aprender a distinguir quién eres de quién has tenido que ser.

    Porque puedes dejar de desempeñar un papel sin dejar de ser tú.

    Una cosa es el personaje que otros ven. Y otra, muy distinta, es la persona que hay detrás.

    Una pausa para ti

    No hace falta tener todas las respuestas. A veces basta con hacerse las preguntas adecuadas y dejar que reposen.

    • ¿Quién eres más allá de tu profesión, tus logros y tus responsabilidades?
    • ¿Qué parte de ti muestras porque realmente te representa y cuál porque crees que los demás esperan verla?
    • ¿Qué valores quieres que sigan contigo, independientemente del lugar que ocupes?

    No se trata de dejar de hacer, de renunciar a tus ambiciones ni de dejar de cuidar tu imagen profesional.

    Se trata de recordar que tu valor como persona no se agota en lo que haces ni depende exclusivamente de cómo te ven los demás.

    Y tú, ¿en quién te conviertes cuando dejas de hacer?

    Pausa y Palabras.

    Pon un coach en tu vida. Eso sí, ¡cualificado!

  • Pon un coach en tu vida

    Pon un coach en tu vida

    Preguntas sin respuestas y la IA te cuenta tanto que ya no sabes ni de qué dudabas…

    Puedes tener todos los títulos que quieras, años de experiencia y muchas ganas de hacer bien tu trabajo.

    Pero cuando llegas a una empresa, ¿Quién te enseña a desenvolverte en todo lo que ocurre entre las personas?

    Alguien tiene que recibirte, ayudarte a integrarte, explicarte cómo funcionan las cosas y acompañarte en tus primeros pasos. Y, sin embargo, muchas veces damos por hecho que, si sabes hacer tu trabajo, lo demás vendrá solo.

    Y ahí empieza la aventura.

    ¿Cómo me integro? ¿Cómo me comunico con mi responsable? ¿Por qué con una compañera conecto enseguida y con otra parece que hablamos idiomas diferentes? ¿Cómo le digo a mi jefe que no puedo asumir otra tarea sin que parezca que no quiero trabajar? ¿Alguien me dirá si lo estoy haciendo bien?

    Pasan los meses, pasan los años y seguimos aprendiendo sobre la marcha. Observando, probando, equivocándonos, adaptándonos y, en ocasiones, callándonos cosas que necesitaríamos decir.

    Hasta que un día aparece la cantinela conocida: «No puedo más», «No me entienden», «Siempre estamos igual», «Otro cambio de jefe… ¿y ahora qué?».

    Y seguimos tirando.

    Porque sabemos trabajar. Porque somos responsables. Porque queremos hacerlo bien. Porque nos han enseñado a resolver problemas, cumplir objetivos y sacar adelante nuestras tareas.

    Pero ¿Quién nos ha enseñado a gestionar lo que nos pasa mientras lo hacemos?

    Nos enseñan a trabajar, pero ¿nos enseñan a comunicarnos?

    No somos iguales. Y menos mal.

    Imagina una reunión.

    Una persona quiere ir directamente al grano. Otra necesita contexto. Una tercera quiere contrastar datos antes de decidir. Y hay alguien que necesita entender cómo afectará aquella decisión al equipo.

    ¿Quién tiene razón?

    Todas escuchan el mismo mensaje, pero no todas necesitan lo mismo para comprenderlo.

    El problema aparece cuando esperamos que los demás piensen, escuchen, decidan y reaccionen como nosotros.

    En el mundo de la comunicación existen herramientas que nos ayudan a explorar distintas tendencias de comportamiento y comunicación, reconocer fortalezas y descubrir posibles puntos ciegos.

    Por ejemplo, una persona que necesita ir directa al resultado puede desesperarse ante alguien que quiere analizar cada detalle. Y quien necesita analizar puede sentir que la otra persona está pasando por alto cuestiones importantes

    Ninguna tiene por qué estar equivocada. Quizá necesitan encontrar una manera de entenderse. Porque comprender esas diferencias puede ayudarnos a adaptar un mensaje, formular una pregunta de otra manera o dar feedback con más criterio

    Y esto no ocurre únicamente en las empresas. También sucede en pareja, entre amigas, con nuestros hijos o en esa conversación que llevamos días evitando.

    A veces conectamos enseguida. Otras, una frase nos descoloca y terminamos reaccionando de una manera que ni siquiera nos gusta.

    ¿Por qué con algunas personas nos sentimos seguras y espontáneas y con otras nos hacemos pequeñas?

    ¿Y si empezaras por observarte a ti?

    Piensa en esa persona que te descoloca. La que te hace hablar demasiado, callarte o ponerte a la defensiva.

    Antes de intentar cambiarla, pregúntate:

    • ¿Qué me ocurre cuando estoy con ella?
    • ¿Qué estoy interpretando de lo que hace o dice?
    • ¿Qué necesito expresar y todavía no he sabido cómo hacerlo?

    A veces, el primer cambio no está en encontrar la frase perfecta, sino en comprender qué te sucede antes de pronunciarla.

    ¿Por qué te cuento todo esto?

    Después de años de experiencia en el área comercial, trabajando con clientes, directivos, CEOs y equipos, mi curiosidad por las personas me llevó a profundizar en la comunicación, la PNL, el coaching y la mirada sistémica.

    Hoy pongo esa experiencia y mi formación al servicio de quienes quieren comprenderse mejor, comunicarse de otra manera y afrontar con más recursos sus conversaciones personales y profesionales.

    No se trata de cambiar quién eres para encajar mejor en el mundo.

    Se trata de conocerte, comprender qué te sucede, descubrir tus recursos y aprender a utilizarlos de una manera que te acerque a lo que quieres conseguir sin dejar de ser tú.

    En tu vida personal. En tu trabajo. En tus relaciones. En tu manera de liderar y de comunicarte.

    Quizá no te falten habilidades. Quizá necesites comprender mejor qué está pasando.

    Pon un coach en tu vida.

    Juncal Vigil | Pausa & Palabras

     

  • No eres imprescindible. ¿Y SI TE SENTARAS A MIRAR LO QUE PASA CUANDO NO ESTÁS?

    No eres imprescindible. ¿Y SI TE SENTARAS A MIRAR LO QUE PASA CUANDO NO ESTÁS?

    No eres imprescindible. Y quizá ahí empieza todo.

    ¿Y si te sentaras a mirar lo que pasa cuando no estás?

    De la rueda del hámster al sillón de espectadora.

    Me he pasado media vida siendo la que sabe, la que resuelve, la que lo hace rápido, la que tiene experiencia, la que se anticipa, la que puede con todo.

    Y lo hacía con naturalidad. No me cuestionaba nada. Era mi manera de funcionar. Lo tenía aprendido, instaurado. Me parecía normal.

    En el trabajo, me gustaba tener valía. Ser buena en lo mío. Que contaran conmigo. Que me necesitaran. Y, si soy honesta, buscaba esa dependencia. Porque cuando los demás necesitan de ti, parece que tienes una prueba de que eres especial.

    En casa, algo parecido. Mi papel de mujer y madre, la organización, las responsabilidades, estar pendiente, resolver. Las cosas se hacían y yo sabía cómo hacerlas. Muchas veces, más rápido. Muchas veces, mejor. O eso creía.

    Tenía mi lugar, mi posición, mi imagen. Mi solemnidad. Mi reconocimiento. Mi reino.

    Y creía tenerlo bajo control.

    O eso me contaba.

    Hasta que la vida te baja del trono

    A veces necesitas un tsunami para descubrir algo que siempre habías sabido y, sin embargo, nunca habías mirado de frente: nadie es imprescindible.

    La vida sigue sin ti.

    El trabajo continúa. Las personas se reorganizan. Los sistemas encuentran otra manera de funcionar. Tu lugar se ocupa, se transforma o se diluye. Puede quedar alguna fisura, alguna dificultad, alguna huella de tu ausencia. Y, aun así, la vida sigue. Sigue y sigue.

    Y tú te quedas ahí, con tu desconcierto, tu rabia, tu pena y tus preguntas.

    Porque tú sí estás viviendo el impacto de lo que ha ocurrido. Tú sí estás intentando entender qué ha pasado con el lugar que ocupabas y con la seguridad que te daba.

    Y descubres una verdad incómoda: mientras tú estás intentando recomponerte, lo demás continúa.

    Duele. Y mucho.

    No porque tu aportación no haya tenido valor. No porque los años dedicados no hayan significado nada. Duele porque descubres que el lugar que creías tan sólido podía cambiar sin que tú pudieras evitarlo.

    Y entonces empiezas a preguntarte cuánto de tu identidad habías construido alrededor de ese lugar.

    La rueda del hámster

    Yo era la que sabía. La que lo hacía rápido. La que tenía experiencia. La que resolvía.

    Y cuando te acostumbras a ser esa persona, soltar no resulta tan fácil.

    Si los demás lo hacen mejor, puede aparecer la comparación, los celos, la envidia. Si lo hacen peor, aparece el «¿ves?, ya lo sabía yo».

    En un caso, sientes que pierdes tu lugar. En el otro, encuentras la confirmación perfecta para volver a ocuparlo.

    Y vuelta a empezar.

    Porque no se trata solamente de hacer bien las cosas. Se trata de conservar ese sello de única. De comprobar a través de los demás que eres especial. De buscar el reconocimiento que te confirme que tienes un valor diferente.

    Y mientras tanto, sigues haciendo.

    En el trabajo, aportas más, resuelves más, te haces más necesaria. En casa, anticipas, organizas, sostienes. Los demás se acostumbran. Tú te acostumbras. Y lo que empezó siendo una capacidad termina convirtiéndose en una obligación que parece que nadie más puede asumir.

    Hasta que llega el momento de la valoración.

    Si es un sueldo, aparecen las excusas. Si es un favor, también. Si es en casa, quizá alguien mira hacia otro lado, dice que no sabe hacerlo o ni siquiera lo intenta.

    Y tú vuelves al punto de partida.

    Más esfuerzo. Más disponibilidad. Más demostraciones.

    Esperando que esta vez sí llegue el reconocimiento, la reciprocidad, el cariño.

    A veces recibes algo. Una palabra, una palmadita, un gesto. Y quizá te agarras a ello porque necesitas sentir que todo ese esfuerzo significa algo.

    Pero ¿y si lo que estás buscando es infinito y llevas demasiado tiempo conformándote con migajas?

    La rueda sigue girando.

    Y tú te agotas.

    El día que sales de la película

    Hay algo que estoy aprendiendo: de vez en cuando necesito salir de la película en la que soy la protagonista y sentarme en el sillón de espectadora.

    Mirar desde fuera.

    Observar cómo funciona todo cuando no estoy en el centro, cuando no resuelvo, cuando no me adelanto, cuando no estoy disponible para todo.

    Y comprobar que los demás también pueden hacer las cosas.

    Quizá no las hagan como yo. Quizá tarden más. Quizá se equivoquen. Quizá encuentren una solución que a mí ni se me había ocurrido.

    Y quizá las hagan mejor.

    ¿Y qué?

    Mi valor no puede depender de ser la única que sabe hacerlo.

    Esto es algo que estoy descubriendo también al mirar hacia atrás. Qué fácil me resultaba ver determinados comportamientos en otras personas. Reconocerlos, juzgarlos, incluso criticarlos. Y qué difícil era girar la mirada hacia mí y descubrir que yo también podía estar atrapada en aquello que veía tan claramente fuera.

    La observadora que miraba a las demás no siempre sabía observarse a sí misma.

    Hasta que empiezas a hacerlo.

    Y entonces ya no puedes dejar de ver.

    No confundas aportar valor con hacerte imprescindible

    No quiero dejar de ser buena profesional. No quiero dejar de cuidar, de ayudar, de implicarme o de hacer las cosas bien.

    Quiero poder hacerlo sin convertirme en esclava de mis propias capacidades.

    Porque una cosa es aportar valor y otra necesitar que los demás dependan de ti para sentir que lo tienes.

    Una cosa es cuidar y otra asumir que todo te corresponde.

    Una cosa es comprometerte con tu trabajo y otra entregar tu tiempo, tu energía y tu vida esperando una valoración que quizá nunca llegue como necesitas.

    Y esto también tiene que ver con lo que permitimos desde fuera. Cuando siempre estamos disponibles, cuando resolvemos antes de que nos lo pidan, cuando nunca dejamos espacio para que los demás se responsabilicen, podemos acabar instalando una dinámica en la que nuestra entrega se da por hecha.

    No todo el mundo se aprovecha conscientemente de ti. A veces, sencillamente, el sistema aprende que tú lo harás.

    Y si tú no cambias nada, es probable que siga haciéndolo.

    La rueda, sin embargo, se puede romper.

    Puedes dejar de hacer algo. Puedes permitir que otro lo haga a su manera. Puedes aceptar que no todo salga perfecto. Puedes dejar de demostrar constantemente que eres capaz.

    El hámster no se habrá muerto.

    Y quizá tú empieces, por fin, a vivir un poco más.

    Querer en lugar de demostrar

    Creo que esta es una de las cosas más difíciles que estoy aprendiendo.

    Querer es diferente de demostrar.

    No necesito resolverlo todo para ser una buena madre. No necesito anticiparme a todo para cuidar. No necesito ser la más eficaz para tener valor profesional. No necesito que los demás dependan de mí para sentir que tengo un lugar.

    Y no puedo convertir mi vida en una demostración permanente de lo que valgo esperando que, al final, alguien me devuelva exactamente lo que necesito.

    Porque el reconocimiento puede llegar o no. Las personas pueden corresponderte o no. Los lugares que ocupas pueden cambiar.

    Lo que no quiero es pasarme la vida entera intentando ganarme un lugar a base de hacer, sostener y demostrar.

    Quiero aprender a estar presente sin tener que ser necesaria en cada momento.

    A cuidar sin olvidarme de mí.

    A trabajar bien sin hacer de mi trabajo toda mi identidad.

    A aceptar que otras personas puedan hacer las cosas de otra manera sin sentir que eso me resta valor.

    Y a dejar de confundir ser imprescindible con ser querida.

    Si todavía estás a tiempo, mira tu película

    No escribo esto desde un lugar de superioridad, como si yo ya lo hubiera resuelto todo.

    Lo escribo desde el lugar de una mujer que ha tenido que bajarse de su reino de comodidad laboral y de su reino de reinona en casa para empezar a mirar cosas que antes ni siquiera se planteaba.

    No tuve esta mirada antes. No supe detenerme a tiempo. Mi manera de funcionar me parecía tan natural que no veía la necesidad de cuestionarla.

    Hasta que la vida me obligó a hacerlo.

    Por eso, si algo de esta historia te resulta familiar, no esperes necesariamente a que un tsunami te obligue a mirar.

    Sal un momento de tu película.

    Siéntate en el sillón de espectadora.

    Mira cuánto haces, cuánto sostienes y cuánto de todo eso has elegido de verdad. Observa qué ocurre cuando no estás disponible, cuando no resuelves, cuando dejas espacio para que los demás también se responsabilicen.

    Pregúntate qué estás esperando recibir a cambio de todo lo que das.

    Y, sobre todo, pregúntate quién eres cuando no tienes que demostrar nada.

    Porque no eres menos valiosa cuando alguien puede hacer tu trabajo. No eres menos importante cuando los demás encuentran su propia manera de resolver las cosas. No necesitas ser la única para tener tu propio sello.

    No eres imprescindible. Y no necesitas serlo para tener valor.

    La rueda se puede romper.

    Y tú puedes bajarte de ella antes de que el agotamiento decida por ti.


     

    A veces basta con escribirlo, apagar el ruido y dejar que repose.

    Juncal Vigil | Pausa y Palabras

    Comunicar mejor para vivir mejor.

  • ¿Cómo saber qué quiero realmente y no solo lo que se espera de mí?

    ¿Cómo saber qué quiero realmente y no solo lo que se espera de mí?

    Sabes lo que toca.
    Sabes lo que esperan de ti.
    Sabes lo que necesitan los demás.

    Pero… ¿sabes lo que quieres tú?

    A muchas mujeres nos han enseñado a ser responsables, resolutivas y fuertes, a cuidar de los demás, a callarnos, a evitar llorar y a cumplir con lo que se espera de nosotras.

    Y cuando llevas muchos años funcionando así, ya no sabes si lo que haces está bien o está mal, si las decisiones que tomas nacen de lo que realmente quieres o de lo que has aprendido que debes hacer.

    Y la pregunta es corta, pero no siempre fácil de responder:

    ¿Qué quiero yo?

    Cuando llevas mucho tiempo haciendo lo que toca

    A veces no es que no sepamos qué queremos. Es que funcionamos en automático, tan acostumbradas a tener en cuenta a todo el mundo que nuestra propia voz queda relegada.

    Puede pasar en decisiones importantes, pero también en cosas aparentemente pequeñas: aceptar un plan que no nos apetece, seguir en un trabajo que ya no nos llena, callarnos para evitar una discusión o asumir una responsabilidad porque pensamos que, si no lo hacemos nosotras, nadie lo hará.

    Y así, poco a poco, podemos acabar viviendo una vida que funciona por fuera mientras por dentro algo nos pide parar.

    Porque quizá piensas:

    “Pero si mi vida está bien. ¿De qué me voy a quejar?”

    Y puede ser verdad.

    Tu vida puede estar bien.

    Y tú, aun así, puedes sentir que algo no encaja.

    Quizá aparezca en forma de cansancio, de irritación, de falta de ilusión o simplemente de esa sensación difícil de explicar:

    “No sé qué me pasa, pero no estoy bien.”

    A veces la respuesta aparece antes en el cuerpo

    Quizá no sepas explicar qué quieres, pero sí sabes cómo te sientes cuando piensas en una opción.

    Te ahogas.
    Se te hace un nudo en el estómago.
    Notas tensión en los hombros, dolor de lumbares.
    Estás irritable por cualquier cosa.

    Dices que sí y, en cuanto cuelgas el teléfono, piensas:

    “¿Por qué he dicho que sí?”

    O quizá ocurre justo lo contrario.

    Piensas en hacerlo y te entra energía. Te ilusiona. Te notas diferente.

    No siempre es tan evidente. A veces solo aparece una frase:

    “No sé qué me pasa, pero no estoy bien.”

    O esta otra:

    “Sé que debería estar contenta, pero no lo estoy.”

    Y aquí hay algo importante: sentir miedo no significa necesariamente que no quieras algo.

    Puedes querer cambiar de trabajo y tener miedo.

    Puedes querer poner un límite y sentir angustia.

    Puedes querer dar un paso y notar que tu cuerpo se frena.

    Por eso no se trata de obedecer ciegamente a lo que sientes, sino de parar y escuchar qué te está pasando.

    Prueba esto antes de decidir

    La próxima vez que tengas que tomar una decisión, para un momento y pregúntate:

    ¿Qué me estoy contando?

    Quizá piensas:

    “Ahora no puedo.”
    “¿Qué van a pensar?”
    “Si no lo hago yo, ¿quién lo va a hacer?”

    ¿Qué me pasa cuando pienso en hacerlo?

    ¿Me alivia? ¿Me angustia? ¿Me ilusiona? ¿Me enfada? ¿Me da miedo?

    ¿Y qué noto en mi cuerpo?

    ¿Respiro mejor o me ahogo?
    ¿Me relajo o me tenso?
    ¿Siento un nudo? ¿Me entra energía?

    No necesitas tener la respuesta.

    Solo necesitas empezar a escucharte.

    Y quizá después puedas hacerte una pregunta más:

    Si durante un momento no tuviera que quedar bien con nadie, ¿qué elegiría?

    No significa que tengas que hacerlo.

    Significa que, por un momento, te has permitido escucharte a ti antes que a los demás.

    Y quizá descubras algo.

    Quizá quieras seguir donde estás, pero de otra manera.

    Quizá necesites decir que no.

    Quizá necesites pedir algo.

    Quizá necesites cambiar.

    O quizá todavía no lo sepas.

    Y también está bien.

    No siempre necesitamos tener clara la respuesta para empezar a escucharnos.

    1clic

    A veces no es que no sepas qué quieres. Es que llevas tanto tiempo escuchando a los demás que has dejado de escuchar lo que te pasa a ti.

    — Juncal Vigil

    Pausa y Palabras