No eres imprescindible. Y quizá ahí empieza todo.
¿Y si te sentaras a mirar lo que pasa cuando no estás?
De la rueda del hámster al sillón de espectadora.
Me he pasado media vida siendo la que sabe, la que resuelve, la que lo hace rápido, la que tiene experiencia, la que se anticipa, la que puede con todo.
Y lo hacía con naturalidad. No me cuestionaba nada. Era mi manera de funcionar. Lo tenía aprendido, instaurado. Me parecía normal.
En el trabajo, me gustaba tener valía. Ser buena en lo mío. Que contaran conmigo. Que me necesitaran. Y, si soy honesta, buscaba esa dependencia. Porque cuando los demás necesitan de ti, parece que tienes una prueba de que eres especial.
En casa, algo parecido. Mi papel de mujer y madre, la organización, las responsabilidades, estar pendiente, resolver. Las cosas se hacían y yo sabía cómo hacerlas. Muchas veces, más rápido. Muchas veces, mejor. O eso creía.
Tenía mi lugar, mi posición, mi imagen. Mi solemnidad. Mi reconocimiento. Mi reino.
Y creía tenerlo bajo control.
O eso me contaba.
Hasta que la vida te baja del trono
A veces necesitas un tsunami para descubrir algo que siempre habías sabido y, sin embargo, nunca habías mirado de frente: nadie es imprescindible.
La vida sigue sin ti.
El trabajo continúa. Las personas se reorganizan. Los sistemas encuentran otra manera de funcionar. Tu lugar se ocupa, se transforma o se diluye. Puede quedar alguna fisura, alguna dificultad, alguna huella de tu ausencia. Y, aun así, la vida sigue. Sigue y sigue.
Y tú te quedas ahí, con tu desconcierto, tu rabia, tu pena y tus preguntas.
Porque tú sí estás viviendo el impacto de lo que ha ocurrido. Tú sí estás intentando entender qué ha pasado con el lugar que ocupabas y con la seguridad que te daba.
Y descubres una verdad incómoda: mientras tú estás intentando recomponerte, lo demás continúa.
Duele. Y mucho.
No porque tu aportación no haya tenido valor. No porque los años dedicados no hayan significado nada. Duele porque descubres que el lugar que creías tan sólido podía cambiar sin que tú pudieras evitarlo.
Y entonces empiezas a preguntarte cuánto de tu identidad habías construido alrededor de ese lugar.
La rueda del hámster
Yo era la que sabía. La que lo hacía rápido. La que tenía experiencia. La que resolvía.
Y cuando te acostumbras a ser esa persona, soltar no resulta tan fácil.
Si los demás lo hacen mejor, puede aparecer la comparación, los celos, la envidia. Si lo hacen peor, aparece el «¿ves?, ya lo sabía yo».
En un caso, sientes que pierdes tu lugar. En el otro, encuentras la confirmación perfecta para volver a ocuparlo.
Y vuelta a empezar.
Porque no se trata solamente de hacer bien las cosas. Se trata de conservar ese sello de única. De comprobar a través de los demás que eres especial. De buscar el reconocimiento que te confirme que tienes un valor diferente.
Y mientras tanto, sigues haciendo.
En el trabajo, aportas más, resuelves más, te haces más necesaria. En casa, anticipas, organizas, sostienes. Los demás se acostumbran. Tú te acostumbras. Y lo que empezó siendo una capacidad termina convirtiéndose en una obligación que parece que nadie más puede asumir.
Hasta que llega el momento de la valoración.
Si es un sueldo, aparecen las excusas. Si es un favor, también. Si es en casa, quizá alguien mira hacia otro lado, dice que no sabe hacerlo o ni siquiera lo intenta.
Y tú vuelves al punto de partida.
Más esfuerzo. Más disponibilidad. Más demostraciones.
Esperando que esta vez sí llegue el reconocimiento, la reciprocidad, el cariño.
A veces recibes algo. Una palabra, una palmadita, un gesto. Y quizá te agarras a ello porque necesitas sentir que todo ese esfuerzo significa algo.
Pero ¿y si lo que estás buscando es infinito y llevas demasiado tiempo conformándote con migajas?
La rueda sigue girando.
Y tú te agotas.
El día que sales de la película
Hay algo que estoy aprendiendo: de vez en cuando necesito salir de la película en la que soy la protagonista y sentarme en el sillón de espectadora.
Mirar desde fuera.
Observar cómo funciona todo cuando no estoy en el centro, cuando no resuelvo, cuando no me adelanto, cuando no estoy disponible para todo.
Y comprobar que los demás también pueden hacer las cosas.
Quizá no las hagan como yo. Quizá tarden más. Quizá se equivoquen. Quizá encuentren una solución que a mí ni se me había ocurrido.
Y quizá las hagan mejor.
¿Y qué?
Mi valor no puede depender de ser la única que sabe hacerlo.
Esto es algo que estoy descubriendo también al mirar hacia atrás. Qué fácil me resultaba ver determinados comportamientos en otras personas. Reconocerlos, juzgarlos, incluso criticarlos. Y qué difícil era girar la mirada hacia mí y descubrir que yo también podía estar atrapada en aquello que veía tan claramente fuera.
La observadora que miraba a las demás no siempre sabía observarse a sí misma.
Hasta que empiezas a hacerlo.
Y entonces ya no puedes dejar de ver.
No confundas aportar valor con hacerte imprescindible
No quiero dejar de ser buena profesional. No quiero dejar de cuidar, de ayudar, de implicarme o de hacer las cosas bien.
Quiero poder hacerlo sin convertirme en esclava de mis propias capacidades.
Porque una cosa es aportar valor y otra necesitar que los demás dependan de ti para sentir que lo tienes.
Una cosa es cuidar y otra asumir que todo te corresponde.
Una cosa es comprometerte con tu trabajo y otra entregar tu tiempo, tu energía y tu vida esperando una valoración que quizá nunca llegue como necesitas.
Y esto también tiene que ver con lo que permitimos desde fuera. Cuando siempre estamos disponibles, cuando resolvemos antes de que nos lo pidan, cuando nunca dejamos espacio para que los demás se responsabilicen, podemos acabar instalando una dinámica en la que nuestra entrega se da por hecha.
No todo el mundo se aprovecha conscientemente de ti. A veces, sencillamente, el sistema aprende que tú lo harás.
Y si tú no cambias nada, es probable que siga haciéndolo.
La rueda, sin embargo, se puede romper.
Puedes dejar de hacer algo. Puedes permitir que otro lo haga a su manera. Puedes aceptar que no todo salga perfecto. Puedes dejar de demostrar constantemente que eres capaz.
El hámster no se habrá muerto.
Y quizá tú empieces, por fin, a vivir un poco más.
Querer en lugar de demostrar
Creo que esta es una de las cosas más difíciles que estoy aprendiendo.
Querer es diferente de demostrar.
No necesito resolverlo todo para ser una buena madre. No necesito anticiparme a todo para cuidar. No necesito ser la más eficaz para tener valor profesional. No necesito que los demás dependan de mí para sentir que tengo un lugar.
Y no puedo convertir mi vida en una demostración permanente de lo que valgo esperando que, al final, alguien me devuelva exactamente lo que necesito.
Porque el reconocimiento puede llegar o no. Las personas pueden corresponderte o no. Los lugares que ocupas pueden cambiar.
Lo que no quiero es pasarme la vida entera intentando ganarme un lugar a base de hacer, sostener y demostrar.
Quiero aprender a estar presente sin tener que ser necesaria en cada momento.
A cuidar sin olvidarme de mí.
A trabajar bien sin hacer de mi trabajo toda mi identidad.
A aceptar que otras personas puedan hacer las cosas de otra manera sin sentir que eso me resta valor.
Y a dejar de confundir ser imprescindible con ser querida.
Si todavía estás a tiempo, mira tu película
No escribo esto desde un lugar de superioridad, como si yo ya lo hubiera resuelto todo.
Lo escribo desde el lugar de una mujer que ha tenido que bajarse de su reino de comodidad laboral y de su reino de reinona en casa para empezar a mirar cosas que antes ni siquiera se planteaba.
No tuve esta mirada antes. No supe detenerme a tiempo. Mi manera de funcionar me parecía tan natural que no veía la necesidad de cuestionarla.
Hasta que la vida me obligó a hacerlo.
Por eso, si algo de esta historia te resulta familiar, no esperes necesariamente a que un tsunami te obligue a mirar.
Sal un momento de tu película.
Siéntate en el sillón de espectadora.
Mira cuánto haces, cuánto sostienes y cuánto de todo eso has elegido de verdad. Observa qué ocurre cuando no estás disponible, cuando no resuelves, cuando dejas espacio para que los demás también se responsabilicen.
Pregúntate qué estás esperando recibir a cambio de todo lo que das.
Y, sobre todo, pregúntate quién eres cuando no tienes que demostrar nada.
Porque no eres menos valiosa cuando alguien puede hacer tu trabajo. No eres menos importante cuando los demás encuentran su propia manera de resolver las cosas. No necesitas ser la única para tener tu propio sello.
No eres imprescindible. Y no necesitas serlo para tener valor.
La rueda se puede romper.
Y tú puedes bajarte de ella antes de que el agotamiento decida por ti.
A veces basta con escribirlo, apagar el ruido y dejar que repose.
Juncal Vigil | Pausa y Palabras
Comunicar mejor para vivir mejor.